De tropiezo en tropiezo contra las mismas piedras

Se dice que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Sostener algo así, a la vista de nuestro comportamiento en la esfera internacional, es de un optimismo rayano en la alucinación. Por desgracia, lo que muestra el análisis diario de la realidad internacional es que tropezamos incesantemente en las mismas piedras, una y otra vez; empeñados en creer que haciendo lo mismo que la vez anterior, el resultado va a ser distinto y, obviamente, favorable a nuestros intereses.

Para tratar de entender esta realidad hay que comenzar por darle la razón a Einstein cuando consideraba que había dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana… aunque de la primera tenía ciertas dudas. Pero tratando de ir más allá, desde una óptica occidental, hay otros factores que arrojan cierta luz sobre el asunto. Entre ellos destacan los siguientes:

Cortoplacismo. El enfoque habitual entre nuestros gobiernos nacionales viene dominado principalmente por el corto plazo, definido concretamente como la duración de una legislatura. Un periodo que en muchas ocasiones se acorta aún más, tanto por el tiempo que transcurre hasta que los nuevos encargados de la política exterior (si ha habido cambio de gobierno) terminan por tomar asiento y conocer en detalle los asuntos que deben manejar, como por la parálisis general que supone la entrada en proceso preelectoral, pensando en la posibilidad de repetir un triunfo en las urnas.

Visto así y con un ojo puesto siempre en las encuestas, es comprensible que lo urgente se imponga habitualmente a lo importante, concentrando la atención en lo que mediáticamente ocupa más espacio; en un proceso cada vez más exigente como resultado de la inmediatez con la que la opinión pública conoce lo que ocurre en cualquier lugar del planeta. Por la misma razón, una vez que lo que ayer parecía una demanda imperiosa desaparece de los medios, es altamente probable que la cuestión sea arrinconada, al margen de que realmente se haya solucionado o no. Por cierto, ¿se ha resuelto ya la epidemia del ébola?, ¿está ya Afganistán encarrilado en términos de estabilidad y desarrollo?

Parcheo.  El incesante ritmo de nuestras vidas ha convertido prácticamente cualquier asunto en una cuestión de “usar y tirar”, en el marco de un modelo de consumo compulsivo bajo la dictadura de la novedad como exclusivo criterio de validez. Lo mismo cabe decir en el campo de la política internacional, con un creciente rasgo de inconsistencia en el que parece obligado cada día volver a inventar la pólvora y a descubrir el Mediterráneo. Así, poniendo como ejemplo las relaciones euro-mediterráneas, se suceden los esquemas diseñados por Bruselas -desde los acuerdos comerciales de la primera época (1957-72) hasta la Unión por el Mediterráneo y más allá-, activando constantemente la maquinaria comunitaria para elaborar cada cierto un nuevo “juguete” (ya llevamos siete), sin dar tiempo a veces a comprobar si el anterior servía realmente al objetivo planteado. En el fondo es indisimulable la falta de confianza en lo diseñado, no tanto porque sus instrumentos nunca sean adecuados, sino por mera falta de voluntad política para asumir las implicaciones de lo propuesto.

Otros ejemplos bien conocidos en estas últimas décadas nos retrotraen a la elección de Sadam Husein como socio occidental para intentar echar abajo la revolución iraní liderada por Jomeini o a la instrumentalización de afganos refugiados en Pakistán -primero honrados como muyahidín (luchadores por la libertad) para expulsar a los soviéticos de Afganistán, y más tarde vilipendiados como talibán– empleados en principio para pacificar el país en la primera mitad de los años noventa.

Gestión (no solución) de problemas. En función de los dos factores ya mencionados no nos puede extrañar que el rasgo fundamental de la actuación de nuestros gobiernos en la escena internacional se limite a gestionar los problemas que se encuentran durante su tiempo de permanencia en el poder. El problema no es el desconocimiento sobre la naturaleza y gravedad de los problemas, dado que existen sobrados diagnósticos sobre cualquiera de ellos. Más que eso, lo que cuenta es la falta de compromiso con esfuerzos que exigen ir más allá de los efectos más visibles del problema (sirva de ejemplo la respuesta militarista contra el terrorismo yihadista), para atender a las causas estructurales que lo explican. En nuestro actual mundo globalizado, en el que las amenazas a nuestra seguridad superan las capacidades individuales de cualquier Estado, solucionar problemas supone implicarse en esfuerzos multidimensionales y sostenidos en el tiempo. Y para hacerlo aún más difícil, sin ninguna garantía de éxito. De ahí que muchos de nuestros gobiernos, conscientes de que difícilmente pueden rentabilizar electoralmente un enfoque de ese tipo, prefieran optar por la mera gestión, manejando instrumentos y actores que, en el mejor de los casos, solo permiten ganar algo de tiempo aunque mañana terminen convirtiéndose en nuevos problemas. Y así indefinidamente.

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