El Espectador Global, por Andrés Ortega

El tablero y las redes

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El tablero y las redes. Anne-Marie Slaughter. Foto: New America / Flickr (CC BY 2.0). Blog Elcano

Anne-Marie Slaughter, autora de “The Chessboard and the Web: Strategies of Connection in a Networked World” y presidenta de New America. Foto: New America / Flickr (CC BY 2.0).

Joseph Nye describió el complejo mundo de la post-Guerra Fría como formado por tres tableros en los que había que jugar simultáneamente: el del poder militar, dominado por EEUU; el intermedio multipolar del poder económico; y el reino más difuso de los actores no estatales. Anne-Marie Slaughter, en un libro encomiable mas de lectura no fácil, The Chessboard and the Web: Strategies of Connection in a Networked World, teoriza, desde su experiencia práctica, sobre la necesidad de que la diplomacia y la política exterior modernas actúen sobre el tablero clásico, que no ha desaparecido, y sobre el de las redes, el nuevo ecosistema en el que también los países se juegan su influencia. Esto va mucho más allá de tener buenas páginas web, o una activa presencia en Twitter o Facebook. Es la búsqueda de una nueva estrategia.

Slaughter tiene una rica trayectoria: catedrática de Derecho Internacional, decana de la Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de Princeton, directora de Planeamiento (Policy Planning) del Departamento de Estado con Hillary Clinton (cargo que tuvo que dejar para ocuparse más de sus hijos, sobre lo que escribió y causó polémica) y ahora presidenta del think tank New America, uno de los más dinámicos en la actualidad.

Sin duda, como reconoce, las redes no son algo nuevo, y el ser humano es relacional. Su escala y alcance sí, como puso de relieve hace ya años el sociólogo Manuel Castells, ampliamente citado por la autora. Refuerza la idea de que cuanto más densa sea la red de relaciones de una persona, grupo organización o gobierno, mayor será su influencia. Pero, señala, no hay estrategia para ello. Al menos, no la hay para EEUU. Justin Trudeau en Canadá ha bautizado su política exterior como “Estrategia de Redes Globales”. Y la UE, en su Estrategia Global de 2016, sí declara que “asumirá funciones de definición de la agenda, de comunicación, de coordinación y de mediación en una red interconectada de participantes” y que “cooperará tanto con Estados y organizaciones como con el sector privado y la sociedad civil”.

Para ilustrar la importancia de las redes, Slaughter cita el ejemplo de cómo EEUU sabe impulsar una coalición de naciones para imponer sanciones a Irán y lograr un acuerdo para que no fabrique la bomba nuclear, pero no sabe “cómo construir redes comerciales, educativas y sociales con la gente iraní”, que permitirían aumentar la resiliencia de estos ciudadanos contra la propaganda de su gobierno. Pero también se podría citar cómo la red que ha tejido España con los países del África Subshariana le ha servido para nuevas orientaciones de su diplomacia en la zona, también para el control de las migraciones irregulares, en lo que en Bruselas ya se conoce como “el modelo español”.

En el fondo, lo que está proponiendo Slaughter es un complemento a Diplomacia (1994) de Henry Kissinger. Aunque admira a Thomas Schelling y su Estrategia del conflicto, considera que la diplomacia estadounidense no está ducha en este mundo de redes, pues “las amenazas en red requieren respuestas en red”, y ello exige, ante todo, conectividad en un mundo abierto (aunque hay partes menos abiertas). “No tenemos libro de instrucciones para las estrategias de conexión, ni para fabricar los instrumentos que necesitamos para aplicarlas”.

Es más, “la posición en la red y el grado de conexión pueden dar a los participantes poder de negociación y poder social que pueden compensar desigualdades de poder material”. Lo cual tiene aspectos positivos, aunque también negativos (como ocurre con Daesh, o Estado Islámico, que sabe usar las redes). A la hora de “la difusión de ideas, la estructura de la red es más importante que las características del individuo”, afirma citando a Paul Adams, junto a otro libro recomendable que defiende que la organización que no está presente en las redes, quien no tiene ese séptimo sentido, pierde: The Seventh Sense: Power, Fortune, and Survival in the Age of Networks, de Joshua Cooper Ramo (ese sentido es el de las redes; el sexto es el nietzscheano del ritmo de la historia).

En el tablero, clásico, explica Slaughter, para hacer que una persona se comporte de uno u otro modo, hay que crear incentivos o desincentivos para cambiar su comportamiento. En las redes no hay que centrarse en el individuo, sino intentar cambiar las conexiones entre la gente.

Para ello se requieren cinco habilidades y atributos, las cinco “Cs”: clarificación (de objetivos); conservación (elegir con quién conectarnos); conexión; cultivo (de estas habilidades para un liderazgo que debe incluir capacidad de delegación y empoderamiento entre otras capacidades); y catálisis (la conexión en sí es la catálisis para la acción).

La política exterior y la geopolítica ya no son lo que eran, y se tienen que guiar por nuevas reglas. ¿Es éste, el de las redes, un nuevo Gran Juego que no elimina el anterior sino que le suma nuevos ámbitos? Probablemente. También el control que se ejerce a través de las redes o sobre las redes es parte de esta era digital, y tanto en sistemas abiertos, como el de EEUU, como cerrados como el de China. En todo caso, Slaughter ha hecho un gran esfuerzo teórico, ha escrito una guía, de la que pueden aprender muchas administraciones. Aunque quizá Trump –el libro fue escrito antes de su victoria– tenga otra idea de para qué sirven las redes.

Comentarios
  1. Ruben V. Delgado

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