El Espectador Global, por Andrés Ortega

Una Europa social, protectora pero no proteccionista

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Una Europa social, protectora pero no proteccionista. Foto: HajjiBaba (trabajo propio) vía Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0). Blog Elcano

Manifestación de la iniciativa ciudadana Pulse of Europe en Frankfurt, Alemania. Foto: HajjiBaba (trabajo propio) vía Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Entre las dos vueltas de la elección presidencial francesa, en la que el debate sobre Europa ha sido central, la Comisión Europea puso, nada casualmente, su grano de arena con su Documento de Reflexión sobre la Dimensión Social de la UE. Con ello, ha vuelto a reactivar la idea de relanzar un pilar social, como una forma de reaccionar a los embates de diversos populismos y el descontento de diversas partes de la sociedad europea que no saben si la UE es la solución o el origen de sus problemas, como reconoce la Comisión.

Es parte de los cinco documentos de reflexión que la Comisión va a producir hasta finales de junio, aprovechando el actual compás de espera o interregno antes de las elecciones alemanas. El último, muy relacionado con esta problemática, versa sobre una globalización “con reglas”, es decir, abierta pero controlada, que va a cambiar mucho en los próximos años, y que ha de tomar en cuenta el problema de la desigualdad y promover un crecimiento inclusivo. La Comisión ha cambiado así, matizándolo aunque sin caer en el proteccionismo, su discurso sobre la globalización. Propone potenciar el Fondo Europeo de Ajuste a la Globalización (FEAG), creado en 2007, para ayudar a los trabajadores que pierden su empleo debido a la competencia global a encontrar otro. En 10 años, ha aportado en co-financiación 600 millones de euros, y ayudado a casi 140.000 de trabajadores redundantes y 3.000 jóvenes “ni-nis” (ni trabajo, ni formación, ni en prácticas). Hubiera sido, y será necesario, mucho más.

Tras tres generaciones que se han beneficiado de ella, la movilidad social en la UE, aunque con importantes variaciones según los países, está en entredicho, como refleja un reciente estudio de Eurofound. En la Comisión ha calado el hecho de que los que más votan a los populismos y radicalismos de izquierda y de derecha son esos jóvenes de 18 a 34 años que viven una crisis de expectativas.

La desigualdad, aunque ha crecido en algunos países más que en otros, ha sido también un acicate general para estas iniciativas, en línea con lo apuntado en la conmemorativa Declaración de Roma del pasado 25 de marzo que volvió a pedir esa Europa social ante los desafíos planteados. Aunque sea de la zona del planeta con una protección social más elevada, ésta es muy desigual entre los Estados miembros, como desiguales son los niveles de desempleo, de ingresos medios y de pobreza.

Los europeos (y el mundo en general) han cambiado mucho en un siglo. Su esperanza de vida habrá aumentado de un promedio de 43 años en 1900 a 82 en 2050. Como recoge la Comisión, la mayor parte de los niños y niñas nacidos entre hoy y 2025 vivirán más de 100 años, un progreso sin duda, pero que plantea nuevos retos en materia de trabajo, empleo y pensiones. En los últimos 10 años, de la mano de la revolución tecnológica, muchas situaciones han cambiado en la UE. Así, si uno de cada 14 europeos tele-trabajaba, ahora lo hace uno de cada seis; los 33 millones que estaban a tiempo parcial ahora son 44 millones; mientras, el número de empleos temporales ha pasado de 18,5 a 22 millones; o el de activos de entre 55 y 64 años de 16 a 32 millones. La UE no se ha adaptado aún a estos cambios, mientras crece la brecha entre ganadores y perdedores de la nueva situación tras la crisis, y ante la globalización y la revolución tecnológica. De ahí el interés del debate al que intenta responder la Comisión.

Al plantear alternativas, futuribles, antes que decantarse por una opción u otra, la Comisión actúa más como un think-tank que como una institución de la que emanen ante todo propuestas de política (policy). En línea con su Libro Blanco sobre el Futuro de Europa, la Comisión plantea tres escenarios entre los que habrá que elegir para ese pilar social: (1) limitar la “dimensión social” a la libre circulación de trabajadores; (2) que los países que quieran hagan más entre ellos en este terreno; y (3) que los 27, es decir, ya sin el Reino Unido que se oponía al desarrollo de la Europa social, profundicen juntos esta dimensión. El análisis de los pros y los contras lleva a la tercera opción, la Europa social para todos, pues, entre otras ventajas, es la que permitiría obtener el mayor potencial del Mercado Único. Sin embargo, no todos están de acuerdo. Algunos hablan de limitar algunas ventajas a los países del euro. Otros incluso a unos pocos de ellos, por ejemplo, para poner en pie un seguro de desempleo común.

El nuevo presidente francés, el socioliberal Emanuel Macron, parece decantarse por esta Europa social, aún por concretar, pero nada revolucionaria, aunque no parta de cero. Francia, de hecho, está experimentado un innovador sistema de “cuentas personales” de puntos para tal protección. La canciller alemana Angela Merkel no es una entusiasta de esta Europa social, que con la boca pequeña defiende su rival socialdemócrata Martin Schulz. La patronal ha hecho sonar las alarmas ante unas propuestas de la Comisión que para la izquierda se quedan muy cortas.

¿Para mañana o pasado? Hay ya nuevos problemas que la UE debe abordar sin demora, como lo es también el de la globalización. Por ejemplo, la multiplicación de los autónomos (no pluriempleo) en la economía gig (el nombre viene del jazz) de los conductores de Uber o del pluritrabajo. Las situaciones sobre el tipo de protección social de estos trabajadores por cuenta propia son variopintas y llevan a muchos de ellos a la desprotección: el seguro de desempleo para ellos no existe en 10 Estados miembros, es obligatorio en 12, y voluntario en seis. La Comisión, en otra propuesta paralela, quiere “asegurar el acceso a la protección social para personas en todo tipo de empleo”.

El objetivo es llegar a un “Pilar Europeo de Derechos Sociales”, para lo que la Comisión abrió en 2016 una consulta con patronales y sindicatos. Una carta social, más allá de la actual, que se pudiera incorporar en su momento a los tratados de modo que todos en la UE quedaran cubiertos por unos estándares básicos. Es otra de las semillas plantadas para el gran debate europeo que, tras las francesas, comenzará una vez superadas las elecciones alemanas en septiembre. Está por ver qué dará de sí.

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