Raqa, ¿último asalto?

Un miliciano de las Fuerzas Democráticas Sirias ante un área destruida de la ciudad de Tabqa el pasado mayo. Foto: Voice of America (dominio público)

Un miliciano de las Fuerzas Democráticas Sirias ante un área destruida de la ciudad de Tabqa, cercana a Raqa, el pasado mayo. Foto: Voice of America (dominio público)

Mientras Dáesh vive en Mosul sus últimas jornadas, antes de que la ciudad en la que Abubaker al Bagdadi se autoproclamó califa el 29 de junio de 2014 quede liberada, el pasado día 6 se inició la ofensiva para recuperar la ciudad siria de Raqa.

La operación Ira del Éufrates, iniciada en noviembre pasado con participación de unidades de operaciones especiales francesas y estadounidenses en apoyo a milicias locales encargadas de reconquistar la “capital” siria de Dáesh, acaba de entrar en su quinta fase. Para llegar hasta aquí, aislando la ciudad tanto para quienes pretendan entrar como salir de ella, ha sido necesario no solo acumular considerables medios militares en su vecindad, sino también instruir a tropas y milicias de muy variado origen y calmar las inquietudes que el empleo de algunos actores armados (básicamente las milicias kurdas sirias) provocaban en algunas capitales (fundamentalmente Ankara). A lo largo de estos pasados meses Washington ha terminado por convertirse en el impulsor principal de una operación que ha ido alcanzando posiciones ventajosas para el lanzamiento del asalto final, pero que todavía debe enfrentarse a obstáculos considerables antes de poder proclamar la victoria.

Una vez que los alrededor de 50.000 efectivos de las fuerzas atacantes —básicamente conformadas por las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias, kurdas en su mayoría) y las Fuerzas de Elite Sirias (principalmente árabes)— han logrado tomar posiciones tanto en el norte como a ambos lados de la ciudad donde se localizan alrededor de unos 4.000 efectivos de Dáesh, se entra ahora en una fase decisiva de combate urbano. Un combate que, por definición, ofrece ventajas de partida a los defensores, en la medida en que la estructura urbana limita los medios de ataque convencional y dando por hecho que las fuerzas yihadistas han dispuesto de mucho tiempo para preparar la defensa, aprendiendo de lo ocurrido en Mosul. Si a eso se suma, como ocurrió en Mosul, el previsible uso de la población civil como escudos humanos, todo apunta a una prolongada resistencia a toda costa.

Tras haber cortado en marzo la carretera que conecta con Deir el Zor y haber tomado las presas de Tabqa y Baath sobre el río Éufrates, el pasado día 5, las milicias apoyadas por Estados Unidos ya están actualmente embebidas tanto en la parte oriental de la ciudad (barrios de Al Sanaa y La Meshlab), como en la occidental (localidad de Al Romaniya) y hasta en los muros de la ciudad vieja.

Aunque el grueso del esfuerzo de la batalla terrestre descansará sobre las espaldas de las milicias kurdas de las Unidades de Protección Popular (encuadradas en las FDS donde también hay árabes y circasianos), conviene no olvidar que Washington tiene actualmente implicados en torno a un millar de efectivos militares —tanto marines, como unidades de operaciones especiales y asesores de diverso perfil—, fundamentales para asegurar tanto la efectividad del apoyo aéreo como la coordinación entre las diferentes milicias que deben confluir sobre el mismo objetivo. Todo ello mientras Washington, por un lado, acompaña el ataque con su apoyo aéreo y artillero y, por otro, trata de calmar la incomodidad de Turquía por verse relegada en esta determinante fase del combate y por comprobar que las milicias kurdas (que Ankara considera aliadas del PKK) adquieren demasiado protagonismo, dotándose además de un armamento cada vez más sofisticado.

La ciudad, que durante décadas ha estado escasamente atendida por el régimen de Bashar el Asad, fue ya en 2013 la primera capital provincial en pasar a manos de los rebeldes del Ejército Libre de Siria, antes de caer, ya en enero de 2014, bajo el dominio de Dáesh. Si en aquella época contaba con algo más de 200.000 habitantes, hoy su número se ha reducido a la mitad.

Cuando ya comienza a vislumbrarse el desmantelamiento del pseudocalifato yihadista es necesario volver a insistir en que la pérdida de ese territorio no significará en ningún caso el final de la amenaza que representa Dáesh, ni, mucho menos, el final de peligro que representa el terrorismo yihadista. Para poder avanzar en esa línea es imprescindible ir más allá de las respuestas militaristas por las que hasta ahora se ha optado casi en exclusiva. Pero de momento parece que los principales actores en juego no están dispuestos a ir mucho más allá.

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