Sarkozy, ¡vuelve a Libia y acaba lo que empezaste!

Muammar Gaddafi y Nicolás Sarkozy. Foto: Pool/AFP - Blog Elcano

(Muammar Gaddafi y Nicolás Sarkozy (10/12/2007). Foto: Pool/AFP via LaCroix.com)

Nicolás Sarkozy volvió en 2014 a la presidencia de la Unión por el Movimiento Popular (UMP) y aspira a presentarse a las elecciones presidenciales de Francia en 2017. Yo no tengo nada que decir sobre sus intenciones electorales porque serán los electores franceses los que se pronuncien en su momento sobre su candidatura y propuestas. Sin embargo, y ya que está decidido a volver, sí que le pido que –de ser elegido- vuelva a Libia y arregle el desastre que organizó allí antes de abandonar la Presidencia francesa.

Él fue el principal promotor, mentor y gestor de la intervención militar en Libia en 2011 y, como tal, responsable máximo de la situación creada por esa intervención cuatro años después. Si se hace memoria o si se consultan las hemerotecas/Internet se recordarán las prisas del Presidente francés en vísperas electorales para intervenir en Libia y compensar las críticas recibidas por su inacción en las primaveras de Túnez y Egipto. También se recordará como tomó partido por los rebeldes cuando parecían a punto de derrocar a Gadafi en lo que ya era una guerra civil. Para su disgusto, Gadafi dio la vuelta a la situación y se presentó a las puertas de Bengasi. Entonces fue cuando acudió al Consejo de Seguridad junto a su socio británico, David Cameron, y con el apoyo inestimable de la Secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, vencieron las dudas del Presidente Obama ante una intervención que desaconsejaban sus asesores militares y de inteligencia. Ellos negociaron la resolución 1973/2011 que establecía como objetivos de la intervención el alto el fuego, la búsqueda de una solución política, una zona de exclusión aérea y la protección a los civiles, cuatro objetivos que los valedores del intervencionismo liberal resumieron en uno particular: cambiar el régimen a cualquier precio.

Francia comenzó las operaciones militares el 19 de marzo y la intervención se prolongó ocho meses hasta el linchamiento del dictador en octubre de 2011. Estados Unidos estuvo al frente de las mismas durante dos días mediante su Mando para África (AFRICOM) pero enseguida pidió el relevo a la OTAN para poder “liderar desde atrás” un asunto en el que sus intereses no estaban en juego. Ni Sarkozy, ni la pareja franco-británica, ni la UE tenían capacidad militar para hacerse cargo de la operación en marcha, por lo que tuvieron que recurrir a la OTAN para que pusiera orden en el caos, un vacío de liderazgo que se solucionó subcontratando la infraestructura de teatro de la OTAN a una coalición internacional que dirigió la operación desde el 31 de marzo.

El cambio de régimen tuvo entonces muchos pretendientes y varios, incluido Sarkozy, se hicieron la foto de rigor como liberadores de la población libia. Cuatro años después, no parece que la intervención haya mejorado la vida cotidiana de los libios y faltan líderes –dentro o fuera de Libia-, que sepan o quieran hacer algo por evitar lo peor. Los ciudadanos pueden votar pero el Parlamento está invalidado por el Tribunal Supremo y ahora tienen dos gobiernos: uno en Trípoli y otro en Bengasi. Del “todos contra Gadafi” se ha pasado al “todos contra todos” y se está librando ya una guerra civil con sus bandos, proxies y aliados externos. Las milicias de Misrata, apoyadas por los yihadistas de Ansar al Sharia combaten con las de Zintan, el Ejército bastante tiene con protegerse y fuerzas aéreas de algunos países árabes bombardean a la población y a las infraestructuras de las facciones rivales mientras un general (Khalifa Hiftar) se ofrece a salvar la patria. Se prodigan los atentados, incluyendo entre los últimos los del Presidente Abdulá al Thini y el del enviado especial de NN.UU, Bernardino León; así como las violaciones de los derechos humanos, los asesinatos selectivos y los secuestros por dinero. En ciudades como Derna bajo el control yihadista  se flagela a sus ciudadanos o se les ejecuta en público por no prestar fidelidad al Daesh o porque sus costumbres, las de siempre, no encajan en el código de conducta rigorista.

Mientras Libia está en una guerra civil, la seguridad regional ha empeorado significativamente. El vacío de poder y el descontrol de las fronteras han hecho de Libia un santuario para las milicias yihadistas, las bandas armadas o los delincuentes que asuelan la región. Las fuerzas armadas francesas y europeas han tenido que intervenir en Mali para evitar la secesión del norte de Mali y la ocupación del resto, evitando la expansión del yihadismo por los países del Sahel. Túnez y Argelia se encuentran también entre los países amenazados por las milicias yihadistas que campan por el sur y este de Libia a la espera de que los combatientes extranjeros regresen o que los grupos locales declaren el califato aprovechando el vacío de poder.

No son los únicos afectados por la intervención liderada por Sarkozy. Su principal víctima fue la Responsabilidad de Proteger, una frágil construcción de  la Asamblea General de Naciones Unidas que ampara la injerencia militar extranjera para proteger a las poblaciones civiles en riesgo. El uso torticero en Libia de la Responsabilidad de Proteger que se empleó como fundamento jurídico de la Resolución 1973/2011 ha impedido su aplicación posterior en Siria, porque Rusia y otros países que consintieron la intervención por razones humanitarias no volverán a dar ningún cheque en blanco a las potencias occidentales para cambiar regímenes. La segunda víctima de la intervención fue la confianza de los dictadores empeñados en conseguir armamento de destrucción masiva de que podrían reintegrarse en la comunidad internacional si renuncian a la proliferación. Gadafi confió en el trato y retornó al redil de la no proliferación. Pero muchos de los que corrieron a reconciliarse con el dictador –incluido Sarkozy- ayudaron a su caída, un comportamiento que anima a los dictadores a confiar más en las armas nucleares que en los compromisos occidentales para mantenerse en el poder.

Fuera del derecho y la diplomacia internacional no faltan daños colaterales. La “exitosa” operación, atribuida a la OTAN, estuvo a punto de acabar con la Alianza, abriendo el melón del pivote estadounidense hacia el Pacífico, los reproches entre aliados por su escasa inversión en defensa y el fracaso de la seguridad cooperativa con el Sur. Las políticas de defensa y vecindad de la UE no han podido todavía recuperarse del cisma y los responsables de la política de seguridad observan ahora la situación en Libia con una preocupación que antes no tenían. Mientras miles de combatientes islámicos marchan desde Occidente a los teatros de operaciones de Siria y Levante, decenas de miles de emigrantes cruzan el Mediterráneo en dirección al Norte. Italia recibió 160.000 inmigrantes en 2014 en primera etapa de una migración que se desparrama por la Unión Europea generando movimientos xenófobos y enfrentamientos internos por los escasos fondos disponibles para atender un problema que crece exponencialmente.

Cuando lideró la intervención militar en 2011, el entonces Presidente Sarkozy no hizo caso a quienes advirtieron de las consecuencias no intencionadas que producen todas las intervenciones militares improvisadas. Entonces sólo hacía caso a su ideólogo intervencionista de cabecera, Bernard-Henry Levy, y a su olfato electoral. Cuatro años después, y ahora que ha abandonado el ostracismo y vuelve a competir por liderar a la nación francesa, hay que recordarle que tiene una factura pendiente de pagar con la sociedad libia y con los damnificados por su intervención.

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