UN BALANCE DE LAS CUMBRES IBEROAMERICANAS (ANTES DE CÁDIZ)

El balance de lo que han dado de si las Cumbres Iberoamericanas, desde su creación en 1991, no debe limitarse al análisis puntual de lo que sido individualmente una tras otra, sino del conjunto de las 21 realizadas hasta la fecha. Obviamente que a todas ellas habrá que añadir la que en estos días, 16 y 17 de noviembre, se realiza en Cádiz.
Hasta ahora el acento se puesto en la evaluación de cada una de ellas, centrándose en la presencia o ausencia de mandatarios (cuantos más, más exitosa, cuantos menos, mayor fracaso) y en los puntos recogidos en la declaración final. También se tenía presente el show mediático generado por aquellos participantes con mayor tirón (Fidel Castro o Hugo Chávez) o escaramuzas del tipo “por qué no te callas”.
Sin embargo, dada la propia naturaleza y dinámica de las Cumbres Iberoamericanas son pocos los elementos tangibles que suelen dejar de una a otra, más allá de algún programa concreto de cooperación, como CYTED (apoyo a la cooperación científica y tecnológica); IberArchivos (conservación de archivos y documentos) o Ibermedia (Apoyo a la Construcción del Espacio Audiovisual Iberoamericano), entre otros.
Ahora bien, si nos situamos en una perspectiva de medio o largo plazo, la valoración que se haga de las Cumbres será muy diferente. Lo más conveniente es situarse al inicio de la década de 1990, cuando comenzó a gestarse el proyecto iberoamericano, para ver el punto de partida y compararlo con la situación actual. En aquel entonces las transiciones a la democracia en buena parte de América Latina estaban en su apogeo o había comenzado la fase de consolidación. En ese contexto, la apuesta por el reforzamiento institucional y la potenciación de la democracia era clara. Hoy, por el contrario, nos encontramos con democracias consolidadas y la alternancia entre gobiernos como un fenómeno bastante generalizado.
En segundo lugar, dos años antes de la celebración de la primera Cumbre Iberoamericana (Guadalajara, 1991), había caído el Muro de Berlín, con todas sus repercusiones, comenzando por la desaparición de la URSS y del bloque comunista de Europa del Este. El fin de la Guerra Fría inició una etapa marcada por el multilateralismo, en lugar del enfrentamiento dual entre las dos grandes superpotencias.
El multilateralismo fue uno de los grandes objetivos de las Cumbres. En aquel momento las reuniones regionales de alto nivel, especialmente en América Latina, eran escasas. Hoy son la norma, al punto que muchos hablan de “cumbritis”. Considerando que algunos presidentes latinoamericanos asisten a entre 10 y 15 Cumbres anuales, se entiende el apoyo creciente a favorecer la bienalidad de las reuniones iberoamericanas (algo que ya sugeríamos en 2005).
La caída del Muro también favoreció la presencia de Cuba en las Cumbres Iberoamericanas. Hoy Cuba es miembro de pleno derecho del sistema latinoamericano, pero en ese entonces su aislamiento regional era importante. Fidel Castro asistió puntualmente a todas las Cumbres que pudo, prueba de la importancia que daba a la ventana recibida. Por eso es justo reconocer el precedente iberoamericano en la “normalización” de Cuba dentro de América Latina.
Inicialmente las Cumbres tenían una escasa institucionalidad. Hoy contamos con la SEGIB (Secretaría General Iberoamericana), convertida en una pieza clave del entramado iberoamericano. De su futuro depende en buena parte el futuro de todo el sistema y para ello es necesario no sólo que se acentúe el proceso de descentralización iniciado hace pocos años con el establecimiento de oficinas de representación en Brasilia, México, Montevideo y Panamá, sino también la apropiación por los latinoamericanos de lo iberoamericano. De este modo las Cumbres podrán seguir siendo sostenibles y aportando beneficios a todos los países que integran la Comunidad Iberoamericana.

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